La volea de Zidane: el gol de la Novena en Glasgow
9 de agosto de 2026
Hay goles que se ven. Y hay goles que se recuerdan como si los hubieras jugado tú. La volea de Zidane es de los segundos. Han pasado más de veinte años y todavía puedes describir el gesto sin mirar el vídeo: el balón cayendo desde la izquierda, el cuerpo de Zidane girando como si tuviera todo el tiempo del mundo, y ese zapatazo que entra por la escuadra antes de que nadie en el estadio termine de entender lo que acaba de pasar.
La final
Fue el 15 de mayo de 2002, en Hampden Park, Glasgow. Final de la Champions League. Real Madrid contra Bayer Leverkusen, un equipo que había llegado hasta ahí a base de fútbol vistoso y que no se achantaba ante nadie. Raúl adelantó al Madrid en el minuto 8. Lucio empató cinco minutos después. Un partido abierto, nervioso, de esos donde cualquier cosa puede pasar. Y entonces llegó el minuto 45.
La jugada
Roberto Carlos recibe por la izquierda, cerca de la línea de fondo, y en vez de centrar al primer toque como haría cualquiera, se inventa un centro elevado, sin apenas mirar, buscando algo que ni él mismo sabía muy bien qué era. Él mismo lo contó años después: quería que el balón le llegara alto a Zidane, justo en el punto donde no pudiera rematar de derecha. Es decir, Roberto Carlos no centró para que alguien rematara. Centró para que Zidane pudiera hacer lo que solo Zidane podía hacer.
Y ahí está la jugada. Zidane, casi de espaldas a la portería, dentro del área, ve venir el balón por alto. No lo controla, no lo baja, no espera. Gira el cuerpo sobre su eje mientras el balón todavía está en el aire y lo engancha con la zurda, en volea pura, con una elegancia que no debería ser física en ese contexto. El balón entra arriba, en la escuadra, y el portero Jörg Butt ni se mueve. No podía.
Lo que hace especial ese gesto no es solo la dificultad técnica, que ya es enorme: cuerpo de perfil, apoyo cambiado, golpeo con la pierna menos favorecida, en un ángulo donde el margen de error era mínimo. Lo que lo hace especial es el tiempo. Zidane tenía todo el partido en contra si fallaba ese control, y sin embargo decidió no controlar. Decidió golpear directamente, como si supiera que el segundo toque nunca iba a salir mejor que el primero. Esa lectura, tomada en una fracción de segundo dentro del área de una final de Champions, es la que separa a los grandes de los genios.
Por qué sigue importando
El propio Zidane reconoció después que fue algo instintivo, que nunca lo había intentado así antes y que, por más que lo probó luego (hasta en un rodaje publicitario), nunca volvió a salirle igual. Steve McManaman, que entró de suplente esa noche, lo resumió mejor que nadie: "No sé si algún otro jugador, de cualquier época, podría haber marcado ese gol." Años después, France Football lo eligió como el gol más bonito de la historia de las finales de Champions. Y en una encuesta del Real Madrid, cerca del 42% de los aficionados lo votó como el mejor gol de la historia del club. Ese partido terminó 2-1 y significó la Novena Copa de Europa para el Madrid. Pero para los que lo vimos en directo, el resultado casi es lo de menos. Lo que queda es el gesto.
Por eso esta jugada tenía que estar en el catálogo. El póster de la volea de Zidane no reconstruye solo la posición de los jugadores en el minuto 45: reconstruye el instante exacto en el que el balón todavía está cayendo y Zidane ya ha decidido no dejarlo botar. Es ese fotograma el que la memoria colectiva del fútbol ha decidido guardar para siempre.
